Continuación del relato anterior….
En una esquina de la barra está Michaella, una rubia italiana, camarera y animadora, que es un auténtico pibón, siendo famosa entre los tíos de por aquí por su bello rostro y sus espectaculares largas piernas, además de por pasar olímpicamente de cualquier tío que no tenga cuerpo de modelo de pasarela y cuenta corriente millonaria. Me acerco como si fuera a pedirle una copa (casi me mareo al asomarme a su escote y ver las bonitas pequeñas tetas morenas que tantas veces he deseado mamar) y a su oído rápidamente repito dos veces “no hay bomba, no hay bomba”, seguido de “vente a la mesa conmigo”. La mujer no parece reaccionar, pero antes de que se me caiga el alma a los pies, sonríe, sale de detrás de la barra y me sigue hasta la mesa; esto parece que funciona.
Michaella se sienta entre Carmelo y yo con una expresión seria y aburrida que cambia en el preciso instante que en voz baja le digo: “estás muy contenta y excitada de estar con nosotros. Ahora mismo nos vamos los tres a los aseos y nos vas a comer la polla para hacernos la mejor de tus mamadas”. La mujer se pone en pie y nos lleva cogidos de la mano hasta que nos encerramos en uno de los pequeños cubículos del servicio de señoras. Sin decir nada de nada (sólo sonríe y nos mira como si tuviera hambre y fuera a comer su plato preferido) se baja los tirantes de la camiseta cuando se lo pido, y ante mí veo unas tetas estupendas: dos pequeñas colinas de forma cónica, altas y picudas, muy morenas, sin marcas de biquini, con redondos pezones rosados. Impresionantes de verdad.
Cuando rápidamente me baja los pantalones y el slip luzco una polla tiesa y dura que debe gustarle a la italiana, porque se lanza a mamarla con ganas. Me encanta ver a esta guapísima mujer en cuclillas ante mí, dándome gusto y pegándose un festín vicioso con mi rabo, lamiendo, chupando, mordiendo, apretando y meneándolo hasta que no aguanto más y eyaculo sin avisar, soltando varios chorros de lefa que la rubia no traga, sino que, tras cerrar los ojos, deja que impacten en su cara y en las tetas. ¡Qué corrida más cojonuda!.
Empiezo a reaccionar cuando tras cerrarme la bragueta me oigo decir en voz baja: “primo, soy un hombre nuevo gracias a ti. ¡Joder, cómo mola lo de la bomba!”.
Bastante rato después sigo ansioso, excitado y nervioso como un niño con juguete nuevo y quiero practicar, darme el gustazo de comprobar que es cierto lo que me está pasando, que no es un sueño o un delirio provocado por los gintonics. Mi primo me ha advertido que al principio es difícil parar, así que antes de irse a dormir me pide muy seriamente que sea muy prudente y procure que nadie se de cuenta de nada, el secreto es nuestro mejor aliado.
En la misma discoteca está Consuelo, compañera de facultad en Granada y ahora empleada mía en la asesoría, con quien tuve un corto noviazgo de estudiantes y que siempre se comportó en plan calientapollas, porque casi nada obtuve salvo algún magreo, dolor de testículos y matarme a pajas. De mis calentones siempre se cachondeó más de la cuenta y a todo el mundo contaba que yo no me comía una rosca con ella. No se si publicamente llegaría a reconocerlo, pero he estado bastante resentido con Consuelo desde entonces y nuestra relación actual se desarrolla únicamente en lo estrictamente profesional.
Está en una mesa con un grupo de amigos del pueblo, así que es normal que me acerque a saludar y en un momento dado acerco mi boca a su oído para, sonriendo, decirle en voz baja: “no hay bomba, no hay bomba. Te vas a venir a mi casa porque estás cachonda y te mueres de ganas por follar conmigo”. Mano de santo, se despide de sus amigos y me dice si la puedo llevar en mi coche de vuelta al pueblo. Bien, “la bomba” sigue funcionando.
Al llegar a mi casa es ella quien rápidamente toma la iniciativa, me besa varias veces, se pega a mí como una lapa y nada más entrar al dormitorio me mete la lengua hasta las amígdalas al mismo tiempo que aprieta con fuerza mi crecido rabo y se pone a ronronear en voz baja, como una gata salida. La verdad es que esta repentina pasión hacia mi persona se la “he ordenado” según veníamos en el coche y mola mogollón saber por adelantado que la tía que te vas a tirar dentro de un rato se va a comportar como un putón en la cama.
Creo que tengo razones para estar cabreado con Chelo porque en su día nunca llegamos a follar. Está buena, ya no es una jovencita y nunca ha sido especialmente guapa, pero está buena: algo baja de estatura, pelo rubio teñido muy rizado, como si fuera “pelo frito”; ojos marrones, un atractivo culo redondo, alto y duro, el pubis poblado por una mata tremenda de rizadísimo bello castaño, bonitas piernas delgadas y, sobre todas las cosas, un tremendo par de llamativas tetas (la broma entre los conocidos siempre fue: “no es Consuelo, es Contetas”), demasiado grandes para su cuerpo, pero atractivas como si fueran un potente imán y yo un trozo de hierro (mi rabo empieza a parecerlo, la verdad sea dicha).
Después de arrodillarse ante mí y chuparme la polla durante un buen rato hasta ponerme verdaderamente a tono, Chelo me pregunta: “¿cómo quieres hacerlo, dónde quieres meterla?”. No lo dudo ni un segundo: “tus tetas, házmelo con tus tetas”.
Pechos grandes, como dos gruesas cántaras que caen un poco hacia los lados, con pezones pequeños rodeados de una gran areola de color canela. Me recuesto en la cama, semitumbado, y se coloca arrodillada sobre mí de manera que levanta y sujeta sus pechos con las manos y pone mi polla entre ellos, de la que apenas se ve la punta del capullo entre tanta teta, mojándome con su saliva de vez en cuando para que el roce no me haga daño. Me hace un pajote cojonudo, aprisionando y meneando el cipote entre esos dos monumentos, de manera que en pocos minutos mi lechada pringa su cara, sus tetas y su melena. Me desinflo como un globo pinchado, la mujer se masturba muy rápidamente y antes de decirle que se vaya a su casa, me apunto mentalmente que esas grandes tetas me van a dar mucho gusto en el futuro próximo. Duermo mejor que en toda mi vida. ¡Loada sea la bomba de Palomares!.
Ha pasado casi un año desde esa bendita noche en la discoteca y aunque ya he asimilado la situación y he conseguido ser selectivo (cosa que no hice los primeros meses, en los que me follaba a toda mujer que pasaba cerca de mí, digo yo que por el hambre atrasada), sigo utilizando “mi poder” a menudo. Me tiro a cualquier tía que me apetece.
Para todo macho de más de treinta y cinco años de estos contornos la mujer más deseada del pueblo es doña Paquita, cuarentona propietaria de la farmacia de la calle principal (y dueña de media comarca), viuda desde hace más de diez años del señorito más rico y facha de la zona, además de concejala de cultura y beatorra siempre metida en los actos culturales, festivos y religiosos que se organizan por aquí. Representante de lo más rancio y conservador de la gente biempensante es, sobre todas las cosas, guapa, verdaderamente guapa y atractiva: abundante melena hasta los hombros de un precioso negro oscuro muy brillante, casi siempre recogida en un moño sencillo; rostro de agradables rasgos: cutis moreno perfecto, penetrantes ojazos verdegrises, gruesos labios rojos; bastante alta y grandona con curvas muy evidentes y bien puestas en su sitio y largas piernas torneadas … . Desde luego está muy buena y me gusta, joder si me gusta. ¡La de pajas que le he podido dedicar durante toda mi vida a la viudita farmacéutica!. Si hasta he ido alguna vez a la farmacia a comprar aspirinas sin hacerme falta con tal de oír su sugerente ronca voz y echarle, disimulando, una mirada viciosa.
A primeros de junio se celebra una tradicional romería presidida casi siempre por la concejala Paquita y he decidido que ha llegado el momento de entrarle a tope. ¡Vaya calor que hace en la puñetera romería!, se agarra el polvo del camino a la garganta y menos mal que he sido previsor y he traído una neverita con bebidas frías. Menudo éxito tengo entre la docena de señoras bien que con traje negro y mantilla encabezan la romería y sudan como penados en galeras. Las tres primeras botellas de fino bien frío duran muy poquito, así que el ambiente empieza a ser más distendido y alegre, por lo que es normal que en un momento de chistes y bromas acerque mi boca al oído de doña Paquita y como si le contara algo gracioso digo con rapidez: “no hay bomba, no hay bomba. A medianoche me vas a recibir en tu casa para follar conmigo. Vístete de manera que me resulte excitante. Deja abierta la puerta trasera del jardín y cuida que estemos solos”.
A mi la romería me importa un pito, simplemente estoy atento a que Paquita vaya a su casa tras finalizar todos los actos oficiales y a eso de las doce de la noche compruebo con alegría que está abierta la pequeña puerta del jardín. Perfecto.
Camino lentamente hacia el patio interior que se abre al jardín y en el momento que entro al salón principal mi corazón da un respingo al escuchar: “te estaba esperando, estamos completamente solos”. Estoy verdaderamente emocionado, Paquita está esplendorosa con un corto, suelto y escotado vestido negro de encajes transparentes que más bien parece una combinación elegante y sensual. Es tan guapa y llamativa que no puedo evitar quedarme atontado en varias ocasiones mientras miro su rostro, sus ojos, esa boca prodigiosa, el nacimiento de los pechos, los muslos, … . Su voz envolvente y algo ronca parece que repercute directamente en mi cipote cuando la oigo decir: “acércate, por favor, tengo muchas ganas de sexo”. Me estoy poniendo muy, muy burro.
Nos hemos sentado en un gran sofá blanco situado en un costado de la habitación mientras nos besamos lenta y suavemente, con total naturalidad, como si no fuera posible otra manera de actuar, durante muchos minutos, a pesar de las urgencias que noto en mi polla. Nos desnudamos mirándonos y recreándonos (yo al menos) en el cuerpo del otro.
Paquita me parece una diosa, de más de cuarenta años, sí, pero una diosa, excitante en su morena belleza y para mí deseable como ninguna otra: pechos redondeados grandes, altos, duros (no me gusta que tenga las marcas blancas del biquini), de pezones muy oscuros y alargados; tripa levemente abultada con ombligo achinado; vello púbico negro, denso, rizado, formando un triángulo perfecto; muslos duros y piernas largas; una espalda recta levemente hundida al llegar a unas caderas anchas y rotundas que se continúan en un culo prodigioso, quizás un poco grande, perfecta y maravillosamente grande. ¡Qué buena está!.
Me vuelve loco su olor, el aroma denso y excitante que emana de su piel que le da un toque único que no había conocido hasta este momento; el perfume es verdaderamente embriagador en la nuca, los codos, las rodillas y el sexo. No me canso de besar, chupar, lamer, acariciar este cuerpo maravilloso que responde a mis estímulos con natural y creciente excitación. Noto los huevos llenos y pesados, tengo el rabo necesitado de alivio, tenso, tieso y duro como nunca.
Paquita está muy mojada y excitada, gime y empieza a poner aún más ronca su aterciopelada voz (”jódeme, méteme el pene; vamos, penétrame, me hace falta”) mientras su respiración se hace cada vez más rápida. Estoy medio tumbado en el sofá y tras subirse encima poniendo una rodilla a cada lado, agarra mi polla para dirigirla a su sexo, de manera que se deja caer y yo penetro lenta y profundamente en un horno empapado, ardiente como la lava, que se cierra sobre mi cipote como un guante suave, mullido y estrecho. ¡Qué maravillosa sensación!.
El movimiento de su pelvis crece y crece en rapidez, dominando la situación y el ritmo de la follada, adaptándonos mutuamente a una especie de baile en el que la música la ponen los gemidos y jadeos de ambos y, ya muy cerca del orgasmo, las frases y palabras entrecortadas, gritadas por la farmaceútica: “sigue, sigue, no pares; me gusta, sigue”. Se corre durante muchos segundos con estrépito de jadeos y suspiros, mientras yo sigo empujando desde abajo con fuerza un par de minutos más hasta tener una larga y profunda corrida. Joder, qué polvazo más bueno.
Mientras me recupero del esfuerzo le he pedido a la viuda que me cuente su vida sexual y me ha parecido interesante y excitante (tiene un rollo con un abogado de Lorca con el que se ve dos o tres veces al mes en el Parador de Puerto Lumbreras y más o menos cada tres meses ambos pasan un fin de semana en Madrid alquilando un stripper que según ella tiene una polla increíble y les da servicio sexual tanto a ella como al abogado), así que con una erección curiosota la pongo a cuatro patas e intento penetrar su culo, lo que me resulta difícil, imposible tras probar varias veces (”trae vaselina o algún lubricante y extiéndelo en mi cipote; vamos, que no se me baje”).
Tarda un par de minutos durante los que no dejo de meneármela muy despacio, después, mi rabo parece el mango de una pala brillante por la suave crema que me pone en gran cantidad. Arremeto de nuevo contra el precioso agujero tostado y tentador (”despacio, por favor, yo casi nunca lo hago por ahí”) y poco a poco voy metiendo el glande y algo más de medio mango (”no empujes más, cuidado; la tienes muy gruesa”), obteniendo exclamaciones de la mujer (”no tan fuerte, au, au; despacio, au, suave”) a las que no solo no hago caso sino que me dan ganas de ponerme más salvaje (”para, no sigas; deja mi culo, so bruto”). Un par de fuertes sonoros azotes en esas nalgas duras y prietas y una orden gritada (”sujétate al cabecero y no te muevas”) dan paso a varios fuertes empujones y a un rápido mete-saca que termina en unos tremendos pollazos que me hacen eyacular con una lechada larga y potente, con un orgasmo sentido como nunca, como si saliera de lo más escondido de mi columna vertebral. No me he enterado si la mujer se ha corrido o no, total, para lo que me importa en este momento.
Se desploma la enculada y caigo encima de ella (”nunca me habían dado por detrás con tanta marcha; me ha gustado, aunque me ha dolido, animal”) hasta que al cabo de un rato puedo sacársela roja, rozada, algo dolorida. Nos quedamos dormidos atravesados en la cama.
Despierto con la agradable sensación de estar bañándome en la playa, abro un ojo y veo como Paqui me está chupando y lamiendo la polla muy suavemente, durante muchos minutos, hasta que se pone convenientemente tiesa y dura; se sube sobre ella y casi sin moverse aprieta y comprime con el chochete, ahogando algunas exclamaciones (”ay, au; qué bien, qué bueno”). Me está echando un polvo cojonudo sin apenas moverse, hasta que se corre dando varios cortos grititos, se baja de la cama para ir corriendo al cuarto de baño y yo me acabo con la mano, quedando fuera de combate para varios días, me temo. Me gusta la farmacéutica; vaya, si me gusta.
Me ha telefoneado mi primo Carmelo para decirme, muerto de la risa, que en el pueblo se comenta que últimamente tengo yo mucha suerte con las mujeres y que no dejo una tranquila. Me gusta que hablen, ya les voy a dar motivos para que cotilleen más y más.
Para los machos menores de treinta y cinco años de estos contornos la mujer más deseable es, sin discusión alguna, Maribela, la veterinaria alemana que tiene su clínica en el coqueto centro comercial que hay al final de la playa del Cantal, junto al cruce del comienzo de la subida al pueblo de Mojácar. Es una rubia guapísima, de unos veinticinco años, que lleva viviendo en el Levante almeriense desde niña (sus padres son los dueños del mejor restaurante de estas playas). Está como un tren: larga melena muy rubia, del color del trigo en sazón, por debajo de los hombros, con mechas de distintos tonos rojizos; alta y grande; rostro de bonitos rasgos, piel siempre muy morena, penetrantes ojazos azules, gruesos labios rojos; curvas espectaculares: tetas altas, llenas, de tamaño grande, caderas anchas, culo rotundo con forma de melocotón, muslos de duros músculos y largas piernas estilizadas, … desde luego la veterinaria es un bellezón y está buena como para gritar, además de que no se corta un pelo y se la puede ver desnuda tomando el sol al resguardo de las rocas de cualquiera de las playas de estos andurriales. Más de una vez me he convertido en disimulado mirón para beberme con los ojos el cuerpo de la teutona.
Maribela también es conocida por su carácter agrio y lo antipática que siempre ha sido con los tíos de por aquí que se le han intentado acercar. Siempre con gesto de mujer orgullosa, altanera, arrogante y engreída. No me extraña que se rumoree que le gustan más las mujeres que los hombres; no se, a mi me pone un montonazo y seguro que gracias a “la bomba” no me va a rechazar. Le gusten o no las pollas la mía le va a encantar.
Una noche me hago el encontradizo con la alemana en una heladería cercana a su vivienda. Nos conocemos porque en la gestoría le llevamos sus asuntos, así que me acerco a saludarla y me recibe con su habitual talante seco y frío y una expresión impertinente en la cara del tipo “ya se yo lo buena que estoy y lo cachondo que te pongo, ¿por qué me molestas, cabrón?”. Sonrío, acerco mi boca a su oído y tras unos segundos es “totalmente consciente” de estar delante de un tipo guapo y atractivo, con un fabuloso pollón y con quien se muere de ganas por follar. Tras otra breve indicación la veterinaria se ha convertido en una agradable y simpática conversadora que tras unas copas me hace subir a su piso.
En cuanto entramos al dormitorio la joven se desnuda y me queda claro que algunas impresiones son peligrosas para el corazón, pero ver desnuda a Maribela puede provocar infartos, derrames cerebrales, ceguera momentánea y, sobre todo, dolor de polla y testículos por sobreexcitación. Indescriptible, es un cuerpo perfecto. ¡Cómo me gusta y cómo me excita!.
Durante las últimas cinco o seis horas he tenido algunas de las mejores corridas de toda mi vida y ahora mismo disfruto sintiendo como esta valquiria increíble sigue moviendo frenéticamente sus dedos sobre el clítoris mientras montada sobre mi verga me cabalga rápida y profundamente. En un par de minutos se corre con muchas y apretadas contracciones, un largo y ronco grito y al final una frase medio entrecortada (”seufzer, mama; gut was!”) que me llega al cerebro, al corazón, a los huevos y a la próstata, pues desde allí parece que sale la mayor y más larga lechada de mi vida. ¡Joder qué corrida!. No estoy en condiciones de seguir, me despido de Maribela quedando con ella para el próximo fin de semana.
Una de las ventajas de poder controlar mentalmente a las personas es que puedes lograr saciar tu sed de venganza sin miedo a problemas posteriores. Tras la muerte de mis padres, mis tíos y yo decidimos vender el bar que en su día abrimos en la plaza mayor del pueblo. Un joven matrimonio de Garrucha (Cristina y Ángel) estaba muy interesado, y tras llegar a un buen acuerdo compraron el bar. Nos engañaron, con mala fe por su parte. Se aprovecharon de un leve error cometido en la gestoría a la hora de redactar el contrato de compra-venta y de la buena voluntad de mi tío, de manera que consiguieron eludir una parte importante del monto total del pago. Valoramos la posibilidad de litigar y llevar el asunto a los tribunales, pero habría sido muy mala publicidad para la gestoría y dejamos correr el asunto. Desconozco los motivos por los que mi tío no utilizó en aquel momento “el poder de la bomba” para solucionar este caso.
Creo que voy a cobrarme la deuda del bar. Después de muchos años he vuelto a entrar en el local y pese a la inicial sorpresa y desconfianza, hemos establecido una amistosa relación dueños-cliente sin apenas necesidad de utilizar el control mental, sólo un poquito. Un sábado a la hora del aperitivo, con el bar a reventar de gente del mercadillo semanal, acerco mi boca al oído de Cristina: “no hay bomba, no hay bomba; esta noche me invitáis a cenar en vuestra casa y os preparáis para tener sexo conmigo tu marido y tu”. Una frase parecida al oído del marido y presiento que va a ser una noche entretenida.
Cuando llego al piso en donde viven Eva y Manolo ambos están elegantemente vestidos y como si fuera una reunión habitual entre amigos damos cuenta de una cena excelente, abundancia de copas, porros de buena yerba, una conversación banal pero entretenida y un cierto vacile tontorrón, todo en un ambiente agradable en el que echo en falta algo más, de manera que me vuelvo hacia mi izquierda en el sofá en el que estoy sentado y beso en los labios a Eva al mismo tiempo que meto mi mano bajo su falda y comienzo a acariciar sus muslos hasta llegar al sexo y comprobar lo que ya me imaginaba: no lleva bragas, está rasurada y empieza a segregar todo un río de líquido vaginal.
Manolo está a mi derecha y según meto un par de dedos en el coño de su mujer, aprovecho para decirle en voz baja: “desnúdate y prepárate para darme placer. Te gusto mucho, te vuelve loco mi polla, me la vas a comer y después os voy a dar por el culo a ti y a tu mujer”.
Es evidente que hay mujeres que ganan cuando están sin ropa y a sus treinta y pocos, Eva, desnuda, no deja de sorprenderme por lo buena que está: pelo muy corto de un bonito color caoba; rostro agradable con ojos marrones oscuros y finos labios rojos; tetas pequeñas muy duras, altas, con tremendos pezones rojizos que parecen dos pequeños deditos, gruesos. rodeados de una pequeña areola muy oscura; es muy alta, con delgadas largas piernas y un duro y atractivo redondeado culo. Con el calentón que tengo en este momento es la mujer más deseable del mundo.
Hasta ahora nunca había mamado y mordisqueado unos pezones tan largos, gruesos, rugosos y duros como los de Eva: ¡qué excitantes!, parecen pollas pequeñitas, y se los muerdo y estiro con los dientes (a mí me encantan los pezones de mujer, me gusta disfrutar de ellos suave y cariñosamente, pero también me gusta castigarlos un poco, incluso con dureza). La mujer hace un amago de queja (”me haces daño, pero me excitas”) y yo decido que ya quiero follar: pongo a la mujer a cuatro patas mirando hacia su marido, me coloco detrás y de un golpe inserto la polla en su empapado caliente coño (”síííííí, dame gusto, estoy muy cachonda”), empezando un lento, suave y profundo metisaca (”cómo me llenas con tu nabo, qué grueso es”). Ordeno a Manolo que se coloque tras de mí y juegue con su lengua, de manera que se arrodilla y lame mi culo arriba y abajo en la raja, profundizando con la lengua en mi ojete; es algo que me encanta y su mujer lo nota porque se la meto con más rapidez y fuerza.
No quiero correrme aún e intento hacerlo durar, pero apenas duro adelante-atrás una docena de pollazos y eyaculo soltando varios potentes chorros de lefa e intentando seguir manteniendo el rabo semierecto dentro de la mujer (”sigue, sigue, no la saques”), hasta que se corre sonoramente (”aaayyyyyyy, aaayyyyyyy”) durante bastantes segundos. Manolo no ha dejado de menearse su larguísimo y estrecho rabo, de manera que eyacula casi al mismo tiempo que su hembra. Debe ser una pareja bien avenida en esto del folleteo.
Nos hemos quedado medio adormilados un buen rato y cuando me pongo en pie mi polla me da la buena noticia de estar lo suficientemente morcillona como para presagiar una pronta erección. Unos minutos de magreo con Eva, unas lentas chupadas a mi rabo por parte de la parejita al unísono y ya estoy preparado para lo que considero mi venganza: sobre una baja mesa del salón he extendido una manta doblada y he hecho que ambos cónyuges se coloquen a cuatro patas encima de ella, uno al lado de la otra. No se si últimamente me ha crecido la mala leche o es que me está saliendo a relucir una vena sado (me da a menudo, la verdad) y creo que castigar a este matrimonio va a ser muy placentero.
He intentado llevar a su mente que olviden pronto la sesión de castigo que quiero propinarles, pero que se jodan, ahora lo que quiero es disfrutar pasándome con ellos todo lo que me apetezca y mi polla aguante. Llevo muchos minutos acariciando y lamiendo con manos, labios y lengua todo el cuerpo de la mujer. Me gusta mucho su coño afeitado, pero creo que lo mejor son sus tentadores pezones. Eva comienza a quejarse (”me haces daño pero me excitas; dáme gusto, quiero correrme ya”) al mismo tiempo empiezo a darle unos sonoros y fuertes cachetes en su culo (”aaayyyyyyy, cabrón; aaayyyyyyy, cómo me pones”) que provocan en mí ganas de darle más fuerte. Cojo el cinturón de mis pantalones, me separo un poco de la mesa para tomar distancia y comienzo a azotar el culo que tengo delante. Despacio, con calma, apuntando y poniendo el alma en cada uno de los azotes, disfrutando del sonido del golpe y viendo como van apareciendo multitud de marcas rojas y alargadas. Ahora paso a los muslos y después a la espalda. ¡Cómo mola!; qué pollón se me ha puesto.
Ordeno al marido que se levante de la mesa, que deje de menearse su larga polla y que me ponga lubricante en el cipote. Cuando penetro de golpe el culo de la mujer me doy cuenta enseguida de que este agujero come polla bastante a menudo, así que tras unos cuantos pollazos la saco de nuevo, cojo de los hombros a Manolo y hago que se pongo a cuatro patas al lado de Eva. Cuando empiezo a empujar en el ano del hombre parece que le estoy matando por lo mucho que se queja, no para de moverse, así que unos cuantos azotes en su duro culo ayudan a calmarle lo suficiente como para que pueda sujetarme a sus caderas y hacer fuerza hasta entrar por fin y metérsela entera. No me gusta, me da un poco de repelús, no puedo evitarlo, y el escándalo que sigue montando el tipo no favorece mi follada. Se la saco y le pido que me de gusto con su boca, lo que hace inmediatamente, sin prisa, sin pausa, metiéndose toda mi polla muy dentro, moviendo la lengua muy deprisa sobre la punta del glande y sin dejar de menearme el rabo a la altura de la base del tronco. Mi corrida es muy buena y Manolo se traga toda mi leche, limpiándome después lamiendo suavemente con su lengua. Impresionante.
Estoy sentado tomándome una copa, la mujer sigue excitadísima, de pie en medio de la habitación, respirando muy fuerte, quejándose y pidiendo solución a sus ardores (”dadme gusto, metédmela; no aguanto más, por favor; necesito correrme”). La dejo cocerse en su propio jugo sin permitirle que se toque durante un buen rato mientras obligo a Manolo a masturbarse a pocos centímetros de su boca, pero sin entrar en ella. Debo ser buena persona porque al final dejo que el hombre meta su polla larga y estrecha en el coño de su mujer y se echan un polvazo tremendo sobre la alfombra del salón. Me llama la atención una especie de feo cacareo de gallina con el que Eva se corre y que no me gusta nada de nada.
Aquí ya no tengo nada que hacer, anoto mentalmente que esos prodigiosos pezones tengo que volverlos a mordisquear pronto y que el tipo me ha hecho una mamada cojonuda. Me marcho a casa contento y satisfecho con mi pequeña venganza de hoy; ya continuaremos otro día, por supuesto.
¡Malditos sean los yanquis una y mil veces!. Esta jaculatoria la repetía a menudo mi madre durante los últimos meses de su vida, cuando ya estaba muy enferma. Pienso lo mismo que ella, pero igual debiera darles las gracias por el poder de controlar la mente de las personas que nos transmitieron en el accidente. Bueno, mejor le paso mi gratitud a “la bomba” y que se jodan los putos gringos
pedrocascabel@hotmail.com