Las increibles aventuras de Xena
Wednesday, August 20th, 2008Hades estaba aburrido. Realmente aburrido. Pasaba a veces. La inmortalidad y el poder infinito te lo hacía después de un rato. Había momentos en que de hecho Hades envidiaba los cortos lapsos de vida de los mortales. La muerte daba un maravilloso sentido de propósito a la vida. Hades debía saberlo. Como Señor del Inframundo, repasaba vidas enteras, miles al día. Pero, últimamente, el porcentaje de muerte parecía haber pegado un bajón. Normalmente, Hades estaría feliz, puesto que aquello le daría más tiempo con Perséfone. Pero ella estaba en la superficie con su madre, según su acuerdo. De manera que estaba solo y aburrido.
“Parece que necesitas compañía.” Hades se volvió hacia la figura que entraba en su salón del trono. Era alto, apuesto, con una barba oscura. Su cuerpo musculoso estaba ataviado con una armadura de cuero. Aunque bien parecido, su cara tenía un toque de crueldad. En suma, tenía el aspecto perfecto del dios de la guerra.
“¿Qué quieres, Ares?” Hades suspiró cuando empezó a examinar la lista de las nuevas llegadas.
“¿Qué, no puedo visitar a mi hermano predilecto?” dijo Ares con una sonrisa.
“La última vez que me visitaste, Ares, te llevaste a Callisto bajo mi narices y pusiste a Xena en su lugar. Te dije entonces que ya no eras bienvenido aquí.”
“Oh, ¿es esa manera de hablar al hombre que te trae tantos súbditos?” Ares, descuidadamente, se limpió las uñas con una daga. “Sin mí, tu pequeña casa estaría mucho más vacía.”
“Creo que puedo vivir con eso,” dijo Hades, al parecer no viendo el humor en su elección de palabras.
“Realmente, sobre eso es lo que quiero hablarte.” Ares se sentó en una silla frente a Hades y puso los pies sobre la mesa. Ignorando la mirada de Hades, prosiguió. “Las cosas han estado aburridas últimamente en el frente de guerra. Parece que Xena ha despachado algunos ejércitos. Era bastante malo cuando solamente teníamos a Hércules haciendo el bien, ahora ella aporta su granito de arena. Necesitamos encontrar un modo de detenerla.”
Hades lo contempló. “¿Nosotros?”
Ares sonrió. “Pensé que te gustaría ayudarme.”
“Dejando a un lado tu estimación de mi estabilidad mental, ¿cómo planeas hacerlo? Matarla no ha funcionado. Intentar traerla de regreso a ti, no ha funcionado. No quedan muchas opciones, ¿verdad?”
“Hades, Hades, Hades. Eliminar a Xena no es completamente necesario. Quiero detenerla. Darle alguna otra cosa en qué pensar. Distraerla. Una distracción de largo alcance. Eso impedirá su progreso lo bastante para mí.”
Hades hizo rodar sus ojos. “¿Y qué planeas exactamente?”
“Una debilidad que puede ser la caída de un verdadero guerrero. El amor de otra persona.”
“Entonces ve a dar la lata a Afrodita. Este es su departamento.”
“Ella hace el amor, no la guerra. Además, por lo que tengo pensado, se interponen sus reglas. No, necesito algo de Hefaistos. Sólo que él necesita algo de ti. Un trabajador del metal de hace cien años. Necesita su pericia con esos nuevos rayos que quiere Zeus. Es sólo temporario.”
“Y si estoy de acuerdo, ¿qué gano yo?”
“Si mi plan funciona, habrá más guerra. Guerra quiere decir muerte, y muerte quiere decir nuevos huéspedes para ti. Más aún, pediré un favor de Demeter y haré que Perséfone baje aquí un poco más pronto.”
Hades lo contempló. Se mordió el labio, pensando. “Si Zeus oye esto, esta conversación nunca sucedió,” dijo. “Dame el nombre, y el hombre de Hefaistos es tuyo. Lo quiero de vuelta en una semana.”
“Dos y tendré a Perséfone aquí abajo en un mes.”
“Hecho.”
Como la mayor parte de los otros dioses, Ares no entendía a Hefaistos. En lugar de un templo o un salón del trono, hizo su hogar en un abismo húmedo donde trabajaba constantemente. Por supuesto, Hefaistos nunca fue uno de esos que se complacen en la vanidad. Era difícil serlo con su aspecto. Una disputa con Hera le había llevado a tener la mitad de la cara cubierta de cicatrices, y caminaba con cojera. Esto lo hizo el más humilde de los dioses y el único cerca de los seres humanos. Pero lo que Ares no podía comprender en verdad sobre su hermano era por qué, en nombre de Zeus, Afrodita se había enamorado de él y no de Ares. El pensamiento que su sucio, renco y corcovado hermano pudiera poseer al ser más vistoso del Olimpo no llevaba a Ares a ningún fin. Se tragó su orgullo cuando se acercó a Hefaistos. No importa lo dolido que estuviera, necesitaba la destreza de su hermano ahora más que nunca.
“¿Está hecho?” preguntó sin preámbulo.
Hefaistos alzó el objeto en sus manos. Sin una palabra, se lo dio a Ares. El dios de guerra tomó el objeto y lo contempló durante un largo rato. Entonces hizo algo que asustó a Hefaistos hasta lo más profundo de su alma inmortal: sonrió.






