Es peligroso hacer autostop
Posted August 11th, 2008Categories: General
Os dejamos en el día de hoy, con 10 gif animados que os van a gustar; los podemos disfrutar pinchando en la imagen de este post.
Os recordamos que podeis ver tambien estas galerías:
De vez en cuando os ponemos algunas galerías de los personajes de dibujos de nuestra infancia pero, en su versión porno, tal y como reza el título de nuestro blog.
Hoy os traemos una colección de imágenes de los chicos de “Aventuras en pañales” una vez ya creciditos y con otros objetivos, tal y como vemos.
Esta historia es real y sucedió hace ya algunos años. He cambiado los nombres para evitar que alguien nos relacione, pero el resto lo cuanto tal y como sucedió. Me llamo Eduardo y en aquel entonces acababa de cumplir trece años. Recuerdo que era mal estudiante, aunque con el tiempo logré mejorar y ahora trabajo para el estado, y en el colegio era conocido como “malote”, pues estaba siempre pensando en hacer malicias y estudiar poco. Tengo un hermano 3 años más que yo, y como somos uña y carne aprendí pronto a disfrutar “en solitario” del sexo utilizando el material que me dejaba así como sus experiencias que me contaba con detalle.
Mi primera vez sucedió en el mes de mayo. Recuerdo que estábamos jugando al escondite los chicos de la calle, y mientras otro amigo contaba yo me escondí en un caserón abandonado que había al final de mi calle. Cuando subí a la planta de arriba, me encontré a Cristina, una chica de mi edad, a la que siempre le había tenido ganas, pero que pasaba de mí, pues medio salía con otro chico de la pandilla llamado Sancho, mayor que ella.
Nos miramos en silencio. El suelo de la casa estaba medio derruido, dejando ver a través de los agujeros la planta de abajo. Me aproxime a ella para preguntarle dónde nos escondíamos, cuando ví al chico que nos buscaba a través de uno de aquellos agujeros. Le hice señas para que no hiciese ruido, a la vez que me aproximaba a ella, que estaba en cuclillas, pegándome a su espalda para no ser visto. Ella se movió un poco hasta quedar acurrucada junto a una columna de madera.
El chico de abajo se paró y comenzó a mirar hacia todos los lados. Yo me arrimé más a ella, hasta juntar mis piernas junto a las de ella, ya que yo aún usaba pantalón corto y ella faldita.
La abracé para abultar lo menos posible, juntando mi pecho a su espalda. Mi amigo seguía abajo buscando, volviéndose a quedar bajo nosotros. Ahora mi cara estaba pegada al cuello de Cris. Aprovechando que sabía que no se iba a mover, comencé a acariciar su cintura. Hizo ademán de separarme, pero quedó sólo en ademán. Como ví que no decía nada subí mis manos por su costado hasta colocar cada una de ellas sobre su camisa, abarcando sus senos. Allí las dejé esperando acontemientos.
Como el chico que nos buscaba seguía allí, y ella estaba inmóvil, aproveché para soltarle un par de botones y meter mis manos bajo la camisa. La chica no usaba sujetador, aunque ya gastaba unas buenas lolas. Volví a abarcar cada una de ellas con mis manos, recordándome a dos medios limones. Cris hizo algunos movimientos con los codos hacia atrás, pero para evitar delatarse si se movía en exceso apenas me molestó.
Ahora mis dedos recorrían sus abultadas aureolas y jugaban con sus pezones, acariciándolos en forma circular. Con dos dedos los estrujé suavemente, pegando pequeños tirones de ellos.
Con todo aquello, mi picha estaba a reventar, así que con la mano derecha la saqué por un lado del pantalón. Con cuidado le levanté la faldita rozándosela por entre los cachetes del culo.
De nuevo subí la mano hacia su pecho derecho abarcándolo con toda la palma, sintiendo su pequeño pezón en mi mano.
Nuestro amigo seguía inmóvil abajo, buscando su presa. Mi mano izquierda bajo de su seno por el costado hasta su muslo. Ahora estaba bajo la falda, buscando su braguita. Metí un dedo bajo el elástico, sintiendo en mis yemas los suaves rizos de su almejita. Creo que ella soltó un pequeño suspiro. Avancé con mis dedos bajo su braguita, ahora tenía casi toda la mano abarcando su raja, notando sus pelos ligeros entre mis dedos. Con uno de mis dedos le rocé la raja de abajo a arriba. Creo que ella abrió un poco las piernas. Noté una ligera humedad entre mis yemas, avanzando hacia su gruta. Introduje ligeramente un poco el dedo. Como su estrella se abría, seguí avanzando un poco más. Ahora su humedad era mayor, así que seguí jugando con mi dedo un rato, mientras los otros le masajeaban los rizos por encima. Ahora mi rabo estaba al máximo, así que me propuse metérselo. Cuando estaba a punto de aparterle la tela, ella atrasó su mano derecha para impedírmelo, así que apreté su mano entre mi muslo y mi rabo mientras seguía masajeando su almejita con la mano izquierda y con la derecha le apretaba los pezones de forma alternativa.
Aquello no podía seguir mucho más, así que la chica comenzó a temblar, soltando muchos jugos que mojaban mis dedos mientras apretaba la boca para evitar gemir. En ese momento, al sentir su corrida entre mis dedos no pude aguantar más y comencé a vaciarme. Noté como mi cuerpo se tensaba, mis huevos se apretaban dejando escapar su zumo hacia el exterior de mi rabo. Un escalofrío recorrió mi interior hasta explotar en la punta de mi picha a la vez que dos o tres cañonazos de lefa salieron disparados pasando por encima de su mano que aún seguía apretada rozando mis huevos.
Por suerte no la manché, aunque el jaleo atrajo la vista de mi amigo que nos vio y salió corriendo para dar el agua.
Ella se puso de pie, limpiándose su humedad con un pañuelo que llevaba, tirándolo después al suelo.
Yo me limité a meter para adentro mi rabo.
-Eres un hijo de puta… has abusado de mi..- me dijo aún con la voz baja.
-Tu eres tonta o qué…- dije.
-Has sido tú quien ha querido…- volví a decir.
-Se lo voy a decir a mi padre..- amenazó mientras salía velozmente del lugar.
Ahora, si ella se chivaba estaba muerto. ¿Había merecido la pena el abuso?.
Estaba preparando mi funeral cuando mi cabeza comenzó a desarrollar mi defensa.
Siempre podría decir que fue idea de ambos. Además, siempre podía decir que ella misma me había limpiado con su pañuelo, pensé para mis adentros mientras recogía la prenda del suelo.
Guardé con cuidado el recuerdo. Dos pequeñas letras rojas en uno de los bordes indicaban las iniciales de su propietaria C.M.
Me acerqué apesadumbrado hacia los chicos que aún jugaban en la calle. Ella no estaba. Supuse que se había marchado a casa.
Durante el resto del día esperé la llegada de su padre. Por suerte para mi nada sucedió.
Al día siguiente, sábado, no la ví, seguramente se habría marchado a casa de sus abuelos.
El lunes volvímos al colegio. Allí estaba sentada mirándome con superioridad, como perdonándome la vida.
-Será puta…- pensé para mis adentros.
-Esta tipeja se va a enterar…- volví a pensar.
A la hora del recreo me acerqué a ella. La llemé y le dije que quería hablar con ella.
-Oye tía…- le dije.
-Tengo tu pañuelo, y si no quieres que lo enseñe a todos, y les diga lo que me hicistes el viernes, me tienes que enseñar las tetas…-
-Pero tu eres gilipollas o qué…- respondió.
-Estate contento por no decir nada a mi padre…- amenazó de nuevo.
Mi cerebro funcionaba ahora al máximo maquinando de nuevo.
-Mira tía, ahora voy a llamar a Sancho y le voy a contar todo…- me limité a decir.
Ahora era ella quien estaba entre las cuerdas. Apretó los dientes y se marchó junto a sus amigas.
Al finalizar la clase, por la tarde, cuando nos marchábamos a casa, se acercó a mi.
-A las siete en el caserón…- me dijo.
-Vale…- me limité a responder.
Rápidamente avisé a mi amigo Raúl. No quería sorpresas desagradables.
Nos fuimos hacia la casa. Subimos a la planta de arriba y allí le indique dónde debía esconderse.
Al rato llego Cris. Traía una camisa azulada y una falda a cuadritos.
-Venga, dame el pañuelo…- ordenó.
-Tranquila tía, ya sabes el trato…- respondí.
La chica se hizo un poco la remolona, pero finalmente miró alrededor para ver si estábamos solos y comenzó a soltarse los botones de su camisa.
Tras desabrocharse todos los botones se plantó frente a mí .
-Venga rápido, que tengo cosas que hacer…-
Con cuidado me acerqué a ella. Tenía un torso blanquito, cubierto por ambos bordes de la camisa. Lentamente le separé la tela. Tenía unos pechos preciosos, abultados, coronados por unos pezones rosados rodeados de una aureola algo más oscura, de unos dos centímetros de diámetro y bien definida.
-Ya está… venga dame eso…- ordenó mientras comenzaba a taparse.
-Yo diré cuando está…-
-…Si quieres llevarte el pañuelo…yo diré cuando está…- respondí mientras tomaba sus delicadas manos y las separaba de la tela.
De nuevo sus pechos quedaron a la vista. Con mis dedos toqué sus pezones y rodeé las abultadas aureolas de ambos senos.
-Eres preciosa Cris…- acerté a decir.
Acerqué mis labios a sus pezones y comencé a lamerlos. Mi lengua se perdía entre ellos yendo de uno a otro,
Noté su sabor salado en mi boca. Mientras mis mano agarraban los cachete de su culo. Ella intuyó lo que le esperaba y bruscamente se separó de mí.
-…Burgos…- grité entonces.
Mi amigo, al oirme, salió de su escondite. Se encontró un cuadro excitante. Cris, con el torso desnudo y yo con un empalde de miedo.
La chica se tapó las lolas con las manos, aturdida.
-Burgos lo ha visto todo…y si quieres salir de aquí sin que vayamos largando lo putita que eres, deberás hacernos una paja a cada uno…- le dije chantajeándola.
Cristina estaba confundida. Sabía que si no se sometía a nuestro chantaje saldría perdiendo, así que acabo derrumbándose.
-Vale…venga ya…- se limitó a decir.
Comenzó con Burgos. El chico se había sentado sacando su pequeña picha por un lado de la calzona. Como le molestaba la postura optó por bajárselo del todo. Allí, frente a Cris, se alzaba una polla no muy grande, de unos 11 centímetros y con algo de rizos sobre ella.
-Dale…- se limitó a decir mi amigo.
Cris se sentó frente a él. Aún mostraba su torso desnudo. Agarró con su manita derecha el rabo de Burgos y comenzó a agitarlo.
Sus pequeños senos se movían al compás de su brazo. Yo me situé a su izquierda con mi rabo en la mano. Mi picha era algo mayor que la de Burgos, y ya presentaba una buena pelambrera, pues aunque ambos teníamos la misma edad, seguro que mi precocidad había influido en el desarrollo.
Con cuidado le sobé las lolas mientras acariciaba muy suavemente mi rabo. No quería acabar enseguida.
Cristina continuaba pajeando a mi amigo, ahora de forma más rápida. El chico comenzó a agitarse. Al notar su calentura, la chica aceleró el movimiento. Me fijé mucho en la cabeza del rabo de Burgos, esperando que la lefa saliera de un momento a otro.
Cris también se fijó, apartando la trayectoria del rabo de su ropa. El chico seguía agitándose, mientras su rostro mostraba muescas de placer. Elevó sus rodillas. Seguro que sus pequeños huevecillos habían comenzado a ordeñarse. De su boca salió un grito gutural a la vez que su espalda se tensaba. Comenzó a gemir.
Ahhhhh, Ahhhhh, me corro, me corro,… mmmmm…-
La chica había bajado el ritmo, alargando sus movimientos, pero dejando siempre al descubierto la cabeza de su rabo. Me fijé bien. El chico seguía gimiendo pero cada vez más pausado.
Una pequeña gota de líquido transparente brotó de su polla. Cristina siguió agitando el rabo en busca de la lefa, pero fue en vano. Burgos se desmadejó acabando de gozar el gusto que le había sacado Cristina, pero de su rabo no salía nada más.
La mano de mi amiga siguió algún tiempo más masajeando el flácido pito de Burgos, buscando su leche, pero fue en vano.
-Sois unos putos críos…ni siquiera os sale la leche…- se limitó a decir sonriendo.
-Ahora tú…- me dijo mientras se acercaba a mi pito. Me cogió la herramienta con la mano derecha y comenzó a sacudirla.
Enseguida mi tronco se endureció, aún más si cabe, al notar el calorcito de su mano. Como la chica se encontraba ahora frente a mi, le acaricié ambos pezones con descaro. Creo que noté como se endurecían bajo mis dedos. Me mojé con saliva las yemas y continué girándolos entre mis dedos.
Comencé a notar como mi cuerpo reaccionaba al movimiento y mis huevos se preparaban para vaciarse.
-Mira Cris, así no llego…- le mentí.
-Déjame que te la meta un poco…- le rogué.
-Vete a la mierda…si quieres te la meneo o te largas así…- me dijo.
-Mira tía, si no me corro te vas a ir igual que has venido…-
-Esta bién… pero de prisa…- se limitó a decir.
Por fín iba a conseguir lo que desde mucho andaba buscando. Cristina se bajó del todo las bragas, sentándose sobre mis piernas.
Me tomó el rabo y lo dirigió hacia su gruta.
-Espera, lo haré yo…- le dije.
Tomé mi picha, mojé la cabeza con saliva y se la pasé a lo largo de la raja, apartando la pequeña pelambrera que cubría sus labios. Noté como se abría su carne conforme iba penetrándola despacio, aprovechando cada centímetro de su interior y grabando en mi mente el gusto que me iba dando.
Por fin se la clavé toda. La chica no tenía virgo, seguro que lo había perdido con su noviete no hacía mucho.
Dejé todo mi rabo dentro de ella aprovechando todo el gusto que me daba su almejita. Ella no hacía nada.
La tomé de los costados, apretando con mis pulgares sus pezones y comencé a subirla y bajarla sobre mi trozo de carne.
La saliva que le había puesto, unido a las primeras gotas destiladas por mi polla, y a los jugos de su almejita facilitaron el movimiento.
-Me encanta follarte…- le susurré al oído.
-Termina ya…- se limitó a decir.
Aquellas dos palabras sonaron a música celestial en mis oídos. Seguro que la chica supondría que de mi rabo no saldría nada, al igual que del de Burgos, por eso me dejaba joderla, y hasta correrme dentro de su cuerpo.
Aquello no me lo esperaba, así que aquella situación me calentó más todavía, con lo que mi rabo creció aún más dentro de sus carnes. Ahora notaba como las paredes de su vagina se acoplaban a mi rabo apretándomelo con fuerza. Los jugos mezclados de mi cuerpo y el suyo facilitaban el acoplamiento. Comencé a disfrutar de la follada, restregando mi pecho con los suyos. Intenté besarla pero retiró mis labios.
Mis pulgares seguían masajeando sus pezones a la vez que subía y bajaba su torso sobre mis piernas.
Miré hacia abajo. Los rizos de mi picha se unían con los suyos mostrando pequeñas gotas como de rocío que brillaban a la luz.
Aquello era el paraíso. Seguí subiendo y bajando su cuerpo de forma pausada, alargando mi placer. Burgos había vuelto a empalmarse, y ahora meneaba su polla de forma rápida. Lo que veía le gustaba, por lo que no tardó mucho en correrse, agitando su cuerpo.
Ahhhhhhhhhh me corro otra vez…mmmmmmmmmm.- gritó al terminar.
De nuevo su pito se agitó, volviendo a emitir una pequeña gota de fluido transparente.
Cristina lo miró, mientras sus mano agarraban mis hombros empujando hacia abajo.
Ahora si que estaba segura de la sequedad de nuestras pollas, o al menos eso pensaba ella, así que no se preocupé más y comenzó a preparar su propio orgasmo.
Tan pronto como noté que estaba disfrutando acompasé mis movimientos con los suyos.
Creo que cerró un poco los ojos. Ahora se movía como una posesa sobre mi carne. Sus movimientos eran alargados, haciendo que la cabeza de mi pito casi se saliese de su pequeña almejita, para volver a dejarse caer y metérsela hasta dentro. Dejé de empujarla, limitándome a sobarle las abultadas aureolas y oprimirles los pezones, dejando que fuese ella quien me follase.
Unos minutos después noté como estaba a punto de correrse. Comenzó a soltar pequeños gemidos mientras profundizaba las clavadas y tensaba el cuerpo.
Decidí que era el momento de correrme. Así que me abandoné al placer de mi primera corrida dentro de una adolescente, saboreando cada instante como si fuese el último. Noté como una corriente de gusto subía desde mis piernas hasta mis huevos, y de allí avanzaba por mi rabo. Creo que llegué a sentir el momento en que la lefa comenzó a fluir, y si me hacen jurarlo, hasta noté como abandonaba mi capullo para clavarse en su interior, escupiendo varios chorros que seguro le entraron hasta el útero, inflamado por la corrida que ella misma acababa de tener. No sé quien de los dos chilló más, si ella o yo, pero seguro que el placer fue igual de fuerte para ambos. Creo que al notar el calor de mi leche dentro volvió a correrse de nuevo en otro micro orgasmo, apretando más si cabe mi rabo, y ordeñando con ello las últimas gotas que faltaban de salir de su interior. No sé cuantos cañonazos de leche le tiré dentro, pero seguro que fueron al menos cuatro, pues creo que fueron las veces que noté como el agujero de mi polla se abría para dejar escapar su jugo.
Aquella situación duró un buen rato, en los cuales ninguno de los dos dijo nada. No era necesario. Burgos seguía tumbado de espaldas recuperándose de su paja. Cuando los espasmos de su conejito cesaron, mi rabo también perdió consistencia, así que la subí y bajé varias veces sobre mi miembro, más que nada para limpiarlo con su gruta. Ella seguía con los ojos cerrados. Miré hacia su conejo. Al sacar mi rabo un pequeño chorrito de líquido blanco salió de su pequeños labios cayendo sobre mis rizos, así que para evitar que se diese cuenta se la volví a meter.
Allí seguí dentro de ella un buen rato. Cuando se recuperó me miró y sonrió.
Ella misma salió de mí, tocándose la pelambrera con los dedos.
-Estoy chorreando…- se limitó a decir.
-Ha sido mi saliva y tus jugos…- mentí.
-Déjame el pañuelo para limpiarme…- me rogó suavemente.
.Déjame que lo haga yo…- le dije.
Se abrió de piernas dejando que yo hiciese tan higiénica faena. Mientras ella se arreglaba el pelo, yo tomé la prenda y se la pasé por el rojo conejito terminando de recoger los restos de mi corrida, para evitar que se diese cuenta.
Cuando creí que hube terminado se lo dije.
-Puedes quedarte el pañuelo si quieres…- dijo.
Se puso la camisa, las bragas y se arregló la ropa.
-Cris,…gracias…- solo acerté a decir.
Volvió la cabeza hacia atrás mientras se marchaba y sonrió.
Hice jurar a Burgos que no diría nada de lo que había pasado allí.
Al día siguiente, en el colegio me acerqué a ella y le pedí perdón. Me dijo que me perdonaba pero que no le dijese nada a su novio.
Desde entonces cada vez que la veo noto como si llevase dentro de ella algo mío, aunque la verdad es que lo llegó a llevar, y bien adentro, aunque ella ni siquiera se diese cuenta. Ahora estamos ambos preparando nuestras bodas. Ella se va a casar con su antiguo novio, y yo con su hermana dos años menor, aunque esa es otra historia y ya se la contaré en otra ocasión. Por cierto, mi amigo Burgos se marchó del pueblo hace años, tras dejar embarazada a una chiquilla de 15 años.
Les voy a contar lo que me sucedió siendo un chaval. Estaba en la playa con mis padres y recuerdo que pasaba bastante vergüenza porque teniendo la edad que tenía mi pene estaba siempre duro y por si fuera poco, de 20 centímetros. ¡Una burrada!.
Siempre se sentaba una pareja a nuestro lado. A ella la llamaba la chica del bikini. Una rubia de veintitantos , quizá de 26 o 27 que para mi era una señora. Siempre llevaba unas gafas negras. Y cuando estaba ella yo siempre estaba empalmado. En alguna ocasión coincidíamos quedándonos solos porque mis padres estaban en el agua y su marido o lo que fuese tampoco estaba. No se porque aprovechaba para ponerme boca arriba con la tela de mi bañador marcando el dibujo de mi polla. Yo pensaba que ni me miraba aunque se ocultase detrás de esas gafas misteriosas.
Luego en el apartamento me masturbaba 4 0 5 veces pensando en ella.
Lo que pasó fue el penúltimo día antes de volvernos a la ciudad. En la playa hay unas duchas. Un barracón. Aquel día hacia algo de viento y un poco nublado y era bastante tarde por lo que no quedaba casi gente. Mis padre ya se habían ido. Estábamos la chica del bikini, el marido y yo. Me fui al barracón a ducharme. Entre en una ducha. Cada una tiene una de esas puertas con pestillo, con la que se te ven los pies y los hombros y la cabeza. No cerré por si se atranca y porque los de fuera ya saben que estas ahí. Vi pasar a la rubia o mejor dicho se detuvo y se quedo mirándome. Abrió la puerta y con el dedo índice sobre el labio me señaló silencio. Cogió y se quitó la parte de arriba del bikini, enseñándome unos pechos increíbles. Yo instintiva y silenciosamente le metí el pulgar en su boca. Recuerdo que llegaba a tocar su campañilla. Luego me beso, me metió la lengua. Yo sobé sus tetas apretándolas. Si mi pene medía 20 ahora medía 21.
Oímos un ruido. Era su marido o lo que fuese. Ella se agachó. Vi pasar al tío. Salió y se puso a llamarla. Ella hizo un gesto de desaprobación.
Así agachada y mirándome me bajó el bañador y cogió mi polla. ¡Como la miraba!. “Mi amor”, me decía. Se puso a meneármela. “Te quiero”, lo decía con una voz dulcísima. Parece ser que yo no paraba de hacer gestos cuando me la subía y bajaba. Entonces ella me imitaba. Veía su bello rostro adoptando los mismo gestos que hacía yo. Mis jadeos tenían tanta ternura que parecía como si yo llorara. Cerraba los ojos, arrugaba la nariz, adoptaba una expresión de fuerza apretando los dientes, de contención mal disimulada. Eso hacíamos ella y yo. Me fijé que ya tenia su mano por debajo de su slip y con algún dedo metido en su raja. No dejaba de imitarme.
El marido le llamaba. Ella respondió susurrando: “imbécil”.
- Dime. Mas rápido, más lento – me dijo.
Le hice caso. Y le pedía eso mismo. Hasta que me corrí. Di un gritito apagado.
Una vez que me había corrido ella seguía meneándomela muy despacito mientras se masturbaba metiéndose el dedo. Esto lo hacía muy rápido. Creo que cuando cerraba los ojos y apretaba sus dientes contra su labio inferior es que se había corrido. “Mi amor”, me decía sofocándose .Mi pene no se arrugaba. Estuvo así por lo menos más de tres cuartos de hora. Yo no volví a correrme, aunque luego en el apartamento me masturbé y volvía a dar el gritito.
Fue la mejor experiencia de mi vida.
Nunca le había sido infiel a mi marido ni creo que lo vuelva a ser. Estoy muy enamorada de él como creo que él de mí. Llevamos juntos desde la universidad. Él tenía 19 y yo 18 cuando nos conocimos. Dejó a la que era su novia y ya llevamos 14 años, 8 de casados. Estamos a punto de tener nuestro segundo hijo.
Soy una mujer que gusta mucho a los hombres, pero nunca les doy pie a nada más que mirar. Aunque a veces me gusten los halagos, no soy como otras protagonistas de estos relatos que se pueden leer (y que a veces nos sirven para avivar nuestras fantasías sexuales, aunque los que más nos gustan, los más o menos verosímiles, cada vez escasean más, ya que ahora se ven más aquellos en los que él la mira, ella se abre de piernas y lo hacen allá donde se encuentren; previa mamada y con una penetración anal de postre). Perdón por el paréntesis. Decía que no soy una mujer que se caliente demasiado aunque me miren, me piropeen o me deseen. O si me excito, el beneficiado es mi marido, con el que desfogo mi lujuria y algunas tentaciones que surgen. Y sé que mi marido también sabe imponer la cabeza sobre su pene.
No lo he dicho, pero mido 1´65, soy castaña tirando a rubia, de pelo largo y liso. Ojos color miel y una cara preciosa, de formas muy femeninas y marcadas. Vamos, que incluso a veces los tíos no bajan a primera vista la mirada de mi barbilla. Y eso que mi cuerpo no está mal, creo: cintura de avispa, buen tipo, tipa lisa gracias, entre otras cosas, al gimnasio, pechos no muy grandes (95) pero bien firmes y levantados, con la sorpresa de mis pezones. Y mi culito es respingón y mis piernas moldeadas a la perfección. Visto atrevida cuando la ocasión lo requiere, pero acostumbro a usar vaqueros y jerséis por su comodidad. Y mi marido es también muy guapo, pese a que muchos dicen que no tiene ni punto de comparación conmigo. No porque tenga gafas va a desmerecer. Es alto, delgado, con barba y castaño; es muy divertido y tiene un corazón enorme… ¡Y me quiere!
Ambos somos abogados, pero trabajamos en bufetes distintos, aunque por suerte no estamos muy lejos el uno del otro y vamos y venimos juntos en el coche siempre que podemos (que es casi siempre). Acompasamos nuestros ratos libres y salimos mucho a muchos sitios distintos.
Y tenemos la suerte de compartir una afición: el fútbol. Solemos ir casi siempre al campo a ver los partidos de nuestro equipo (que es, no daré más pistas, uno con equipación blanca). No coincidimos, eso sí, en nuestros jugadores favoritos. Sobre todo uno que hubo y que me volvió loca: moreno, elegante, apuesto… Uff… Verlo en calzones me ponía… ¡Vaya piernas y vaya culo! Mi marido sabía que era mi debilidad y mi fantasía. En broma, habíamos acordado que tendría licencia de acostarme con él si tuviera la oportunidad (él a cambio tenía la opción sobre la preciosa actriz Emmanuelle Beart, culpable de que seamos tan expertos de cine francés). Éstos 2 eran las únicas personas con quienes fantaseábamos en la cama. De hecho, una de nuestros juegos favoritos consistía en tapar el uno al otro los ojos e imaginar que estábamos haciéndolo con ellos, cambiando algunas maneras de tocarnos, hablarnos o besarnos. A él le encantaba –y le sigue encantando- que le susurre frases en francés. Además desde que pasó lo que voy a contar, nuestras vacaciones solemos pasarlas en distintas zonas del país vecino.
El caso es que, casualidades del destino, mi futbolista tuvo problemas con su representante y requirió los servicios de nuestra firma de abogados. Hizo algunas visitas a nuestra sede y le conocí… Era más guapo en persona. Y más atractivo. Ganaba mucho con esa voz varonil. Me mojaba las bragas cuando le veía sonreír o me saludaba. La “pega” es que estaba casado y tenía dos hijos.
Otro compañero y yo nos hicimos cargo de sus asuntos legales después de varias reuniones. Cuando le conté a mi marido cuál era mi nuevo cliente, no se lo podía creer. No le hizo mucha gracia, aunque no me dijo nada. Durante algunos días no hablamos del tema. Estaba un poco celoso y preocupado. Sobre todo cuando no dejaba de ponerlo por las nubes y diciéndole lo mucho que me ponía. Lo que para mí era un juego, para él era una tortura, ya que veía como algo muy probable que se diera la ocasión para cumplir mi fantasía. Él, me decía, aunque conociera a Emmanuelle, no tendría ninguna opción de tirársela.
Pero esto de decirle lo del polvo que tenía era mi forma de demostrar que lo veía inalcanzable. Entre otras cosas porque las cenas que tuvimos fueron con nuestras respectivas parejas: mi marido, la esposa de mi compañero y la del futbolista. Tardamos varios meses en superar la cordialidad profesional para ir tomando un trato más amigable. Además su esposa era un bellezón.
El mosqueo de mi marido se superó del todo cuando mi futbolista nos regaló pases de tribuna para lo que restaba de temporada. Además ya no le contaba mis ganas de echarle un polvo. Incluso volvimos al juego de la venda.
Mi relación con el futbolista se fue incrementando con los meses y mi admiración por él no disminuyó en ningún momento. Lo miraba como algo muy por encima de mí, como en otra esfera. Estaba convencida de que los demás, yo incluida, éramos como insignificancias para él. Nunca pensé que yo pudiera atraerle y más viendo cómo era su esposa (mi marido alguna vez me pidió cambiar su objeto de deseo incluso, pero yo me negué). Así que si alguna vez nos veíamos a solas a tomar copas o algo por el estilo, ese sentimiento de inferioridad bloqueaba cualquier fantasía. Además, era todo un caballero y estaba muy enamorado de su fabulosa esposa.
Esa primera temporada en la que nos hicimos cargo de sus asuntos terminó con título y celebraciones. No sólo por el campeonato, sino por la subida salarial que negociamos con el club y que le equipaba económicamente con las estrellas extranjeras del equipo. Al contárselo, me dio un abrazo muy fuerte y me besó cerca del labio. Me pareció una reacción bastante justificable, pero me puse mala y esa noche con mi marido me desahogué de lo lindo, dejándole al pobre para el arrastre tras el tercer casquete.
La temporada siguiente no fue tan positiva por culpa de una lesión que le mantuvo fuera de los campos dos meses. Fueron terribles para él y yo me convertí en su confidente: me contaba todas sus preocupaciones y yo me sentía halagada por su confianza. Me enteré de que pasaba momentos bajos con su esposa, que acababa de tener su tercer hijo y se sentía un poco abandonado. Necesitaba mucho apoyo y sentía que ella no se lo daba. Esto, unido a los celos que ella siempre había tenido y a la dureza de la recuperación, le tenían medio deprimido. Bebía demasiado y yo con él. Un día me soltó que yo era una mujer preciosa y que mi marido era un afortunado por estar conmigo.
La cosa no pasó de ahí, pero entonces me di cuanta de que mi futbolista no era sino otro hombre más y no un dios sin los pies en la tierra. Me empecé a fijar en que me miraba cuando me daba la vuelta o cuando creía que no me daba cuenta. Noté que me deseaba y eso me hizo ponerme en celo y mis flujos se activaban con sólo verle. Esto se lo oculté a mi marido, a quien por primera vez le ocultaba algo. Me decía a mi misma que no pasaba nada y que nada tenía que decirle, pero sabía que no era cierto.
A las pocas semanas, mientras cenábamos él , su mujer y yo, mientras hablábamos de todo un poco, conté que mi marido pasaría dos días fuera para cerrar un acuerdo. A la tarde siguiente el futbolista me llamó para decirme si quería que me recogiera del trabajo ya que mi marido no podría. Le invité a pasar y él aceptó.
Era demasiado pronto para cenar y bebimos mientras hablábamos. Me acordé de su esposa y que podría preocuparse, pero me dijo que hoy salía con sus amigas. Cuando me tomó la mano para bailar, me di cuenta que había bebido más de la cuenta. Al poco rato puso una música más lenta y me acercó a su cuerpo. Entre sus brazos ya estaba totalmente entregada a él. De repente me dijo que me deseaba. Le miré a los ojos y leyó mi deseo, por lo que se acercó a mis labios y me besó. Me despojó de mi chaqueta y se desabrochó su camisa. Me besaba con mucho deseo, con las manos en mi mentón cuando no me desabrochaba la blusa. Yo por mi parte le acariciaba el torso desnudo y bajé hasta sus pantalones, desabrochándole la bragueta. Metí la mano dentro de sus calzones y di con un miembro caliente y duro. Mi blusa desapareció y mis pechos fueron conquistados por sus manos y sus labios. Gemía con cada roce como nunca lo había hecho y le estaba masturbando lentamente. Me subió la falda y se agachó. Me quitó las bragas y mi triángulo empapado fue sometido a lengüetazos que me provocaron mi primer orgasmo mientras le acariciaba el pelo. Grité y las paredes retumbaron.
Se levantó y se quitó el pantalón. Le empujé y le arrastré al sofá. Me arrodillé y le bajé el calzón. Su glande estaba descapullado y muy brillante. Sus huevos estaban hinchados y los sopesé con la mano. Tenía la polla bastante oscura y gruesa. Dura como una estaca. Me aparté el pelo y me la metí en la boca de un golpe. Saboreaba su sabor y disfrutaba con su suavidad. Mamaba como una profesional, llevando esa verga de un lado a otro de mi boca, jugando con la lengua, con los labios. Su semen descargó dentro de mi boca y me supo bien, pese a que estaba viscoso y muy grumoso.
Los dos ya desnudos seguimos besándonos y nos fuimos a mi cuarto, a la cama donde solamente mi marido había sido mi amante. Su erección era perfecta cuando nos tumbamos los dos a la vez. Él tuvo la iniciativa toda la noche, incluso (afortunadamente) a la hora de tomar precauciones. Y es que yo estaba entregada a ese cuerpo atlético y perfectamente formado. Sus músculos se tensaban cuando le llegaba el momento de correrse y esa fuerza me llevaba a otro orgasmo fabuloso.
El tercer polvo lo dimos en la ducha, de pie. De nuevo él se puso el preservativo. Me volvía loca con sus halagos y repitiéndome lo mucho que me deseaba y estaba disfrutando. Cómo me succionaba los pezones (rosados, en forma de fresas, levantados) y me apretaba el culo; yo hacía lo mismo con el suyo y con su boca. Cada orgasmo que tenía era mayor que el anterior. Acabé enroscada a su cintura y con los pies en el aire moviendo mis caderas para aprovechar su corrida hasta el fondo.
El cuarto vino mientras hacíamos la cena, en la cocina, sobre la encimera, tras comernos la nata derramada sobre nuestros cuerpos. Fue el más rápido, pero el más intenso. Me dijo al volver al cuarto que necesitaba descansar un poco, pero vi que había traído unas zanahorias y un pepino enorme.
Me lubricó mi ano a escupitajos y con un aceite corporal y comenzó a alternar zanahorias en mi raja y en mi culo. Iba aumentando el tamaño y grosor para prepararme con el pepino, aunque éste ya sólo lo dirigió a mi vagina, que se lo tragó como si nada. Mis gritos eran cada vez más intensos, por supuesto. El muy cerdo me estaba dando un placer insospechado al saciar sus fantasías. Sin sacar ese pepino de mi coño me dio la vuelta y me folló por detrás, de un tirón, sin contemplaciones. Mi culo ya estaba bastante dilatado y el dolor no fue tan intenso como podría imaginar previamente. (Vaya, veo que caímos en el defecto que decía al principio de los relatos…). Por primera vez en toda la noche no me lo hizo con condón, por lo que podía sentir su estaca caliente dentro de mí. Al sentir su leche derramándose por mi agujero, me corrí de nuevo, redoblando la intensidad del metesaca del pepino.
El futbolista se tumbó en la cama boca abajo derrengado y yo aproveché el aceite corporal y le metí un dedo en su ano. Al principio se negó, pero le fue gustando mis masajes anales y no puso pegas ni con el segundo dedo ni con la zanahoria. Se dio la vuelta sin dejar la zanahoria en su culo y me subí encima de él, que de nuevo estaba empalmado, ¡por 6ª vez! Antes de que se corriera, me apartó y se masturbó sobre mi cara y mis tetas. Su semen fue más escaso, pero no estuvo mal para ser la sexta vez.
Se quedó en casa y por la mañana volvimos a follar antes de que se fuera a entrenar. No sé qué excusa le daría a su esposa. Nos citamos en un restaurante de su confianza y en los baños lo volvimos a hace, esta vez con la ropa puesta. Fuimos luego a un motel y seguimos jodiendo como locos, ayudados por alguna peli porno y un vibrador que se había traído. Antes de anochecer nos despedimos.
A la mañana siguiente fui al aeropuerto para recoger a mi marido. Pese a la “licencia” que se suponía teníamos, me sentía muy mal. Mi fiebre por el futbolista la había apagado y me negué a fantasear cuando hicimos el amor al llegar. Fue el peor polvo de mi vida, ya que estaba escocida y agotada de los dos días anteriores y porque me sentía como un ser despreciable. Al anochecer, me llamó el futbolista y mi marido estaba en la misma habitación. Me quería citar y me dijo que pusiera alguna excusa a mi esposo. Pero le di calabazas y le dije, sin que mi marido me oyera, que nuestra aventura había terminado, que nunca le mentiría a mi marido. Se cabreó mucho y me llamó hipócrita. Le dije que le iba a contar todo y le colgué.
Me armé de valor y se lo conté, pidiéndole que me perdonara. El pobre no me respondió nada y me dijo que necesitaba pensar. Se fue de casa y estuvo fuera dos semanas, las peores de mi vida. Regresó con un ramo de flores y pidiéndome un hijo. Yo se lo dí, por supuesto. Me dijo que para compensar fantasías, pasaríamos las vacaciones en Francia. Le juré que si alguna vez veíamos a Emmanuelle Beart yo misma le ayudaría para que se la tirara. Tiempo después, en la cama me pedía que le contara con todo detalle los encuentros con el futbolista y se excitaba mucho con mis calientes relatos. No volvimos a ver al futbolista, salvo en el campo de fútbol. Y por ahora, por suerte, no hemos coincidido con Emmanuelle Beart.